La ultima vez: un BORRADO SEGURO
Septiembre 11, 2011 | 4 Comments | Editorial
Por esos torpes e inexplicables designios del destino, parece todo haber confabulado para cavilar y escribir sobre la ultima vez que empine el codo para anestesiar mis neuronas y malgastar el dinero en el alcohol. Me ha sobrevenido un ímpetu irregular que angustia mis dedos y que aflora mi deseo por escribir lo poco que logro recordar sobre aquel épico día. Y es que mis últimas visitas por concurridas cevicherías en La Molina y Lince donde esporádicos visitantes acompañan sus picantes platos marinos con jarras de cerveza y el estreno de una película con un nombre peliagudamente sugerente, “¿Qué paso ayer? II”, confirmaron las astutas movidas del destino e hicieron que no pudiera zafar de recordar mi última borrachera.
Observar las pelotudeces, estropicios y acciones involuntarias que hacemos las personas cuando solemos inyectarnos alcohol a las venas fue tan solo el puntapié final para la historia que venia maquinando por varios días, historia que ha sido castigada y retrasada por crueles clases y tareas – tareas que tan sólo debía cumplir para no ser victima de un inclemente y despiadado lapicero rojo al final del ciclo – pero indudablemente el destino lo tenia todo orquestado y tan sólo me estaba recordando con sutiles mensajes el post que debía escribir.
Fue una buena borrachera, llena de intrépidos y memorables recuerdos, con amigos de siempre y de toda la vida; era una noche demasiado normal que no auguraba ni barajaba cambio alguno, debía llegar a casa cansado, extenuado y aburrido después de un día normal de trabajo y caóticos viajes por intransitables calles limeñas atiborradas por autobuses con mugrientas canciones reguetoneras que para tranquilidad de mi oído habían sido mitigadas por estruendosos sonidos de guitarra que brotaban de los audífonos de mi celular.![]()
Había tomado un taxi para llegar a mi casa debido a lo avanzado de la noche, sin sospechar lo que me deparaba.
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- Cóbrese por favor… déjeme en la esquina donde esta toda esa gente reunida - le dije al taxista.
- ¿No tiene sencillo? – dijo el taxista - mientras rebuscaba hasta en el cenicero algunas monedas.
- Déjeme ver… sí!! aquí tengo. Ya no hace falta el sencillo, suerte maestro.
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Apenas bajé del taxi pude advertir a los lejos la presencia de un conjunto de personas reunidas muy cerca a la entrada del edificio donde vivo, primero aludí el conglomerado al espíritu de chismorreo de las vecinas de mi barrio, situación poco probable debido a la avanzado de la noche, extrañado por el inusual conglomerado decidí apurar el paso, conforme me acercaba pude ir distinguiendo cada uno de los rostros de las personas reunidas, eran amigos de la infancia y juventud, amigos con los cuales no compartía nada hace mucho tiempo y donde nuestro único intercambio de palabras se había resumido en un escueto “hola, ¿qué tal?” seguido rápidamente de un “nos vemos”.
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- Hola, ¿Qué tal? ¿Cómo están? – los saludé temeroso y angustiado, al parecer celebraban algo y yo no sabía el motivo.
- Hey brother a los años – me saludaban todos, uno por uno, con un rápido roce y palmetazo de manos, saludo que dista de convertirse en el fuerte y clásico apretón de manos.
- Hey Omar ¿Qué tal?, es cumple de Valentín por si acaso – me advirtió un amigo en voz baja antes de saludar al cumpleañeros y cometer el garrafal ridículo de no saludarlo en plena reunión por su onomástico.
- Sí lo sé, no te preocupes. – le dije con convicción para que no sospechara que lo había olvidado por completo, esto a pesar de que el “Facebook” me lo había recordado días atrás a través de un correo electrónico - mierda!! que poca capacidad para memorizar las cosas tengo – me lamentaba.
- Valentín!! feliz cumple causa!!
- Gracias brother – me respondió y no dudo en pasarme rápidamente una pequeña copa de vino.
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La gente conversaba sobre lo pesado del trabajo, el vino había alivianado la conciencia y había soltado el espíritu, los más jodidos con lo pesado del día no pudieron contener la ira y ensayaban certeros insultos:
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- Ese huevón es un hijo de puta, no sabe ni mierda y gana un platal de dinero – se quejaba un amigo presente en la reunión.
- Es que es el hijo del dueño pues huevón, ¿Qué otra cosa podías esperar? .
- Déjate de cosas, es un bruto, no pienso recibir ordenes de ese papanatas, apenas consiga otro trabajo me largo carajo!
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Los reproches de la gente no me sorprendían, en todos lados se “tuestan habas” – me decía a mi mismo - y el alcohol que iba y venia tan solo liberaba todo aquello que no podían decir en sus apoltronados asientos de oficina. Las botellas de vino vacías que yacían en el suelo acomodadas en una esquina iban aumentando, los rostros de todos iban cambiando poco a poco, cada vez se esbozaban mas sonrisas y una alegría repentina e inexplicable nos había sobrevenido. La media noche nos había alcanzado trepidantemente y mi estomago vacío reclamaba alimento, sin embargo todos tenían una ansiosa y antojadizas ganas de seguir libando alcohol así que apenas se terminó la última botella de vino se escuchó: “vamos por unas chelas….”, no era una débil pregunta era una imponente afirmación.
Mezclar tragos no es buena idea y menos aún beber con las tripas clamando un bocado de comida, es algo elemental, lo sé, es la regla inicial que te enseñan la primera vez que decides aventurarte temerariamente en el consumo grotesco de alcohol, y es que nunca falta el mas experimentado dentro del grupo, aquel que antes ha bebido hasta perder el conocimiento y que siente la vigorosa obligación de transmitir su empírico conocimiento de generación en generación.
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- Muchachos lo siento no puedo acompañarlos, mañana debo despertar temprano – lo dije torpe y temerariamente, careciendo de firmeza e imponencia como deseando en el fondo ser refutado.
- Vamos pues, solo un parcito de chelas – debo aclarar que en Perú “un parcito de chelas” significa en realidad un par de cajas de bebidas de cebada con aproximadamente doce botellas tan heladas como un pingüino – a pesar que sabía que sería más de un par de cervezas la turbia atmosfera de alcohol me había invadido y me deje llevar por ella.
- Bueno vamos….solo un par – me autoengañaba.
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Nos sentamos en unas bancas en la plazoleta de Santa Rosa frente a la tienda que nos abastecía de botellas, un celular nos acompañaba con rimbombante música de los SMASHING PUMPKINS que pronto arribaría a Lima , el alcohol iba y venía, los cigarrillos inundaban el ambiente con su fuerte e impregnante olor, la mezcla de cerveza y vino desencadeno una serie de clandestinas confesiones que iban desde las musicales hasta calurosas aventuras sexuales en sitios públicos y prohibidos. El alcohol nos había convertido a algunos en críticos experimentados que lanzábamos incisivos apuntes y consejos experimentados frente a las historias narradas, sin embargo yo tenía la consciencia perdida en la oscura noche, la mirada clavada en el cielo turbio y sólo recuerdo ciertas frases lanzadas al viento.
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- ¿Cuántos años tiene tu enamorada? – ya no logro recordar a quién se le pregunto, el alcohol estaba trepando rápidamente a mis neuronas.
- Dieciocho años, suena pendenciero, ¿verdad? – respondió mientras todos nos mirábamos con una agria y cachacienta sonrisa.
- Mierda!! es chibolasa, ¿Estás seguro que tiene DNI? sino es un delito huevón y te pueden meter en cana – le respondieron.
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El viento gélido del invierno golpeaba mi rostro, quería seguir bebiendo, es una locura, lo sé, pero en ese momento eso no parece importar. El alcohol había logrado su cometido, una agría mezcla de felicidad y tristeza me había sobrevenido, un eco de preguntas y respuestas rebotaban en mi cabeza y la desafortunada decisión de seguir bebiendo calmaba el recuerdo de aquello que se extraña. Una peligrosa nostalgia fue el detonante de la situación, parecía poseído e hipnotizado, había llegado a mi umbral de alcohol y si seguía así las siguientes frases que saldrían de mi boca serían: “Yo los quiero mucho….” o peor aun: “Aquí plata es lo que sobra…”; con el propósito de no llegar a esos extremos decidí cortarla e ir pensando como ingresar a hurtadillas a mi casa para no advertir de mi presencia y peor aún, de mi borrachera.
El reloj marcaba las dos y media de la mañana, la cerveza se había acabado y la tienda no quería seguir vendiéndonos alcohol a pesar de nuestra insistencia, las frases llenas de contrariedades vislumbraban el final de la clandestina reunión.
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- Vámonos, ya se terminó – se escuchó alegremente.
- Sí ya vámonos – agregue rápidamente.
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De regreso al punto de inicio, mi mirada iba recorriendo todos los edificios que me rodeaban y a los amigos que me acompañaban intentando adivinar si la nostalgia que me envolvía y los pensamientos que me emboscaban eran los mismos que ellos sentían pero resultaba difícil atisbar sus pensamientos, peor aun en el estado en que me encontraba. De pronto escuché la frase que terminaría por liquidar la noche y terminaría por liquidar la poca conciencia de mis neuronas: “En mi casa tengo un ron”.
De aquí en adelante todo es difuso, recuerdo haber bebido una copa de ron y luego mi mente quedó en blanco, mi consciencia se fue a dormir sin antes advertirme de su decisión.
Al día siguiente por la mañana, en realidad casi al medio día, desperté con un fuerte dolor de cabeza y la boca ansiosa de agua; una fuerte luz que se colaba por la ventana de la habitación me había despertado; “¿Dónde estoy?”, “¿Qué día es?”, “¿Qué pasó ayer?” y el mas importante de todos “¿Cómo llegué aquí?” fueron las primeras preguntas que asomaron por mi cabeza. Las respuestas fueron poco alentadoras, sabía donde estaba, sabía que era miércoles , sabía que llegaría muy tarde al trabajo y que debía a empezar a maquinar una buena excusa, de esto no podía salvarme con cualquier excusa – lo sabía- tenía que ser una súper excusa, lo lamentable y lo que me atormentaba era que no sabía como había llegado a mi habitación ni como había logrado sortear los obstáculos de entrada a mi casa.
Un celular con una decena de llamadas perdidas y una bandeja de correo electrónico explotando me recordaban lo grave de la situación, sin embargo al intentar ponerme de pie y sentarme sobre la cama una extraña y complaciente sonrisa se dibujó en mi rostro, había sido una buena borrachera, lo sabía.
Ha pasado bastante tiempo desde aquel día y nunca pude recordar por mi mismo lo que pasó aquella noche, me enteré por terceros lo ocurrido después del último sorbo de ron pero mi conciencia no recuerda nada, fue el mejor borrado que le pude haber aplicado a mi memoria, ojala fuese tan simple borrar de tu memoria algo que no quieres recordar así lo intentes mil veces – sería genial. Definitivamente fue el mejor borrado seguro de memoria.
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